1931- 1936
A75 años de la caída de la monarquía y el inicio de la revolución española

1936 - 2006
 
A 70 años de la insurrección revolucionaria contra el golpe fascista y la guerra civil

La lucha por el socialismo más vigente que nunca
Recuperar la memoria para preparar el futuro

 

El año 2006 viene marcado por la celebración de dos acontecimientos muy trascendentes en la historia reciente: en abril se cumple el 75º aniversario de la proclamación de la II República (1931) y en julio el 70º aniversario de la guerra civil (1936). En los últimos meses se han publicado una gran cantidad de artículos y libros sobre ambos acontecimientos y lo más llamativo es que la inmensa mayoría de ellos pasa por alto que sólo se puede entender su verdadero significado si se tiene en cuenta que en los años treinta se vivió una auténtica revolución socialista en el Estado español. Millones de trabajadores, campesinos y jóvenes rompieron la rutina de su vida cotidiana y se lanzaron a la lucha, al debate político, a la participación en los sindicatos y partidos de clase y finalmente a la lucha armada contra el fascismo, poniendo al borde del abismo la existencia misma del sistema capitalista. Hay poderosos intereses que intentan ocultar hoy día esa realidad, lo que demuestra que no se trata de hechos históricos remotos sino de acontecimientos que encierran enormes lecciones para el futuro.

La II República

El advenimiento de la II República, tras la caída de la odiada y putrefacta monarquía de Alfonso XIII, tenía un sentido muy diferente y contrapuesto según de qué clase social estamos hablando. Para los ricos, para la burguesía, la República fue un intento de contener dentro de unos límites muy precisos las profundas aspiraciones de cambio que existían en las masas trabajadores de la ciudad y del campo. La burguesía sacrificó a la desprestigiada monarquía para conservar lo más importante: la propiedad de los capitalistas y de los terratenientes, sus beneficios y sus privilegios. Para las masas trabajadoras el advenimiento de la República tenía un sentido muy diferente: acabar con la miseria en el campo y la ciudad, hacer una verdadera y profunda reforma agraria, acabar con los privilegios de la Iglesia, mejorar significativamente las condiciones de trabajo en las fábricas, etc.

Sin embargo, la II República no alteró las bases fundamentales de la sociedad ni del Estado capitalista, nunca dejó de ser un sistema de dominación de la burguesía. Los pequeños avances sociales y democráticos fueron un producto directo de la lucha revolucionaria impulsada por el movimiento obrero y campesino desde abajo, avances que encontraron una tremenda resistencia por parte de los ricos y su sistema represivo, que permaneció intacto a pesar del cambio de etiqueta. No hay que olvidar el drástico recorte a los derechos democráticos que significó la Ley en Defensa de la República de octubre de 1931 —en la que se reprimía "toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las Instituciones u organismos del Estado", "las huelgas no anunciadas con ocho días de anticipación…", entre otras muchas acciones calificadas de "agresión" a la República — o la sangrienta represión contra la Comuna de Asturias en 1934. Bajo la República, los terratenientes y los capitalistas a través de sus órganos de represión, la guardia civil y el ejército, asesinaron a centenares de trabajadores, jornaleros y jóvenes que luchaban por jornales decentes, techo y comida para sus familias. Pronto se vio que la República burguesa no podía dar satisfacción a las aspiraciones de los explotados.

La gran cantidad de luchas obreras y campesinas que se registraron desde 1931 a 1936 persuadió a la burguesía de que la República no era suficiente para frenar el impulso revolucionario de los trabajadores y de la juventud y se inclinaron por la vía del golpe militar y del fascismo. De la misma manera que la burguesía le convino cambiar la monarquía por la República en 1931 decidió cambiar la República por la dictadura fascista en 1936. Lo fundamental para ella era garantizar la supervivencia del sistema capitalista, fuente de sus privilegios y de su poder.

La contrarrevolución espolea a la revolución

Como ocurre muchas veces en la historia la amenaza de la contrarrevolución espoleó la revolución. El levantamiento militar fascista del 18 de julio de 1936 —a pocos meses de la victoria electoral del Frente Popular, la coalición de los republicanos con los partidos de izquierda— fue organizado ante los ojos de Azaña y del gobierno republicano, que no hizo nada por depurar el ejército de elementos golpistas. Todos los mandos militares que se sublevaron (Franco, Queipo de Llano, Goded, Mola, Fanjul...) ocupaban cargos de responsabilidad en el ejército de la República, desde donde maniobraron con total impunidad gracias al consentimiento del gobierno del Frente Popular encabezado por el republicano de derechas Casares Quiroga. A pesar de que la conspiración golpista era de conocimiento público, Azaña, Casares Quiroga y Martínez Barrio, se negaron reiteradamente a distribuir armas a los sindicatos y los trabajadores. En realidad los republicanos burgueses temían más a la clase obrera que a los militares golpistas.

El levantamiento militar fracasó gracias a la acción decidida e independiente de los trabajadores y los campesinos, que respondieron a la sublevación fascista con las armas en la mano, dando comienzo a la insurrección revolucionaria del 19 de julio, uno de los hitos más heroicos de la historia del proletariado mundial. Los trabajadores asaltaron los cuarteles y ocuparon las fábricas y en la práctica dieron un golpe demoledor al Estado burgués y al sistema capitalista.

El golpe fascista fracasó en gran parte del Estado a pesar de que los dirigentes de las organizaciones de la izquierda jamás tuvieron la misma decisión y firmeza que la burguesía y los militares golpistas. Fueron los militantes de base de la CNT, del PSOE, del PCE y del POUM y millones de hombres y mujeres corrientes los que se lanzaron a la calle para frenar al fascismo. En la zona donde el golpe fracasó, que incluía a las principales ciudades del país, el poder real ya no se encontraba en las instituciones del Estado burgués sino en los comités, las milicias y las organizaciones de la clase obrera.

El golpe fascista desencadenó una revolución social en toda regla. Desde ese momento el destino de la guerra contra el fascismo estaba totalmente atado al triunfo del socialismo contra el capitalismo. El gran drama de la revolución española es que nunca se llegó a completar con el triunfo del socialismo, debido a la ausencia de una dirección revolucionaria, como la que sí existió en la Revolución Rusa de 1917, encabezada por el Partido Bolchevique de Lenin y Trotsky. La estrategia de constreñir la lucha contra Franco a la defensa de la "República burguesa" —sin entender que era precisamente el poder de los trabajadores, iniciando la transformación socialista de la sociedad, y la solidaridad internacionalista de la clase obrera mundial el arma más eficaz para luchar contra el fascismo—, fue decisiva para garantizar la derrota de la izquierda.

El triunfo definitivo del ejército franquista en 1939 abrió un periodo de terror que duró cuarenta años, con decenas de miles de fusilados, medio millón de encarcelados, miles de exiliados, torturas sistemáticas, hambre, ignorancia y oscurantismo religioso.

Lecciones para el futuro

Las lecciones de la revolución española de los años 30 tienen una actualidad tremenda y son fundamentales para el futuro. A pesar de la "consolidación de la democracia" de la que tanto se habla ahora, la burguesía española y el aparato del Estado capitalista es esencialmente el mismo que en los años 30 y en la dictadura de Franco. Conserva hondas tradiciones reaccionarias, como ha dejado patente el ‘caso Mena’ y la histeria ultraderechista del PP desde que perdió las elecciones el 14 de marzo de 2004. La monarquía, con un Rey dotado de poderes constitucionales para obstaculizar leyes y restringir libertades, es una herencia del franquismo. La tan "democrática" Constitución española contempla muchos mecanismos para jugar la carta de la represión en el momento que lo crea conveniente la burguesía, y de forma totalmente legal.

En todo el mundo estamos asistiendo a ataques muy graves contra los derechos democráticos. De hecho, la utilización de la tortura de forma descarada, masiva y sistemática, como la que está practicando la "democrática" EEUU, o la reciente aplicación del estado de sitio por parte de Francia, a raíz de las explosiones de ira de la juventud a finales del año pasado, así como tantas otras medidas legales que se están aprobando en Gran Bretaña y otros países para controlar y vigilar a la población con la excusa del "terrorismo global" son un indicativo claro de que la "democracia" de los ricos—sea bajo la forma de República o de monarquía parlamentaria— es una fina capa de la que la burguesía se puede deshacer sin problemas, salvo los que se encuentre por la lucha de la clase trabajadora y de la juventud.

Los ataques a las conquistas sociales por parte de la burguesía en todo el mundo están provocando un mayor enfrentamiento entre las clases, que se hará aún más duro en el futuro. Al igual que estamos viendo ya en Venezuela, Bolivia y en toda América Latina, la revolución también estará al orden del día en el llamado "primer mundo". Hemos visto ya los anticipos con las maravillosas y multitudinarias movilizaciones contra la guerra o la oleada de huelgas generales que han sacudido Europa país tras país. En ese contexto y en esa perspectiva las ideas del socialismo son más necesarias que nunca. Si aprendemos del pasado, si recuperamos para la memoria todas las lecciones revolucionarias de los años treinta estaremos en condiciones, esa vez sí, de hacer posible el sueño por el que lucharon generaciones enteras en el pasado, el sueño de una sociedad socialista, de una República socialista, en la que los medios de producción y toda la riqueza cultural y material existentes estén al servicio de la inmensa mayoría y no de una ínfima minoría.


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