1931- 1936
A75 años de la caída de la monarquía y el inicio de la revolución española

La lucha por el socialismo más vigente que nunca
Recuperar la memoria para preparar el futuro


 
Revolución y Contrarrevolución en España (1)

Juan Ignacio Ramos

"No se ha ido que le hemos barrido, no se ha marchao que le hemos echao "Esta canción popular que corría de boca en boca en Madrid reflejaba el ambiente desbordante que se vivía entre la población de la capital tras el abandono de Alfonso XIII. La Monarquía, odiada por las masas, identificada con lo peor de la sociedad, caía como una manzana podrida. Todos los intentos por salvarla fueron inútiles. Las maniobras de última hora de los políticos burgueses, de aristócratas que se agarraban desesperadamente a las faldas del régimen alfonsino para no ser barridos por la oleada que se avecinaba, no sirvieron de nada ante los acontecimientos. Alfonso XIII fue obligado a abandonar la corona e iniciar el camino del exilio. Las masas habían irrumpido en la escena de la historia dispuestas a exigir su parte, tras décadas, por no decir siglos, de postración y humillación. El movimiento general de la clase obrera y de los campesinos, que se tradujo en el frente electoral en el triunfo arrollador de las candidaturas republicanas en las elecciones municipales del 12 de Abril de 1931, obligó a la burguesía a emprender un viraje político para evitar que el movimiento de abajo transformara la estructura del poder en la sociedad.

La camisa vieja de la monarquía era un estorbo para la burguesía, amenazada por el movimiento de los obreros y los campesinos; por tanto, la alternativa republicana permitía a los capitalistas, que habían sostenido la monarquía, abrazar una solución que permitiese una salida digna en aquel momento:"El gobierno provisional republicano", explica Manuel Tuñón de Lara, "preocupado hasta la exageración por las formas del derecho y el mantenimiento de las esencias liberales, fijó el reconocimiento de la libertad de conciencia y culto, del derecho sindical y del derecho de propiedad como piezas esenciales, así como el sometimiento de los actos gubernamentales a las cortes constituyentes...España se encontraba en el umbral de un régimen de democracia liberal, mantenedor del orden social basado en la propiedad privada de los medios de producción y circulación, es decir, lo que suele llamarse un régimen de Democracia Burguesa.."(1).Si detrás de la proclamación de la República, la burguesía veía la posibilidad de obtener una prórroga para seguir manteniendo con firmeza el timón en los asuntos fundamentales del país en el Estado, en el ejército, en la economía, para las masas la República y con ella la obtención de conquistas y derechos democráticos tenía una significación muy distinta. En la imaginación de millones se instaló la convicción de que la República traería reforma agraria, buenos salarios, fin del poder de la Iglesia, derecho de autodeterminación… los acontecimientos posteriores constituyeron una escuela decisiva para que las esperanzas de la población se transformaran en decepción y desencanto. La experiencia del gobierno de coalición republicano-socialista y el avance del fascismo en Europa fueron decisivos para que el proletariado español fuese sacando conclusiones revolucionarias.

 

 

La decadencia del régimen monárquico

 

La historia de España hasta 1931 había estado caracterizada por siglos de continua, lenta e inexorable decadencia, marcada por periódicas y aisladas sublevaciones campesinas y un asfixiante control de todas las esferas del poder por parte de la monarquía y los terratenientes, que habían llevado al país a ocupar el lugar de cola del desarrollo capitalista en Europa.La burguesía española, a diferencia de la francesa e inglesa, entró tarde en la escena de la historia: débil e incapaz de poner su sello dirigente en el desarrollo de la sociedad, desde el principio unió su interés al de los viejos poderes establecidos.Incapaz de llevar a cabo un movimiento como el de la burguesía en Francia o Gran Bretaña, su dependencia frente al estado monárquico, con intereses económicos que la ligaban a las viejas clases nobiliarias con las que compartían los beneficios de la propiedad terrateniente, hizo que su nervio revolucionario siempre fuese muy limitado. En toda la historia del siglo XIX el papel de la burguesía en la escena política se redujo a la búsqueda permanente de acuerdos y coaliciones con las viejas clases del pasado feudal.En el período de florecimiento capitalista en el Estado español de 1895 a 1916, zonas como Catalunya, Madrid, Euskadi o Asturias, vivieron un desarrollo industrial importante, pero lejos de enfrentarse al dominio de la Monarquía y la nobleza terrateniente, la burguesía fortaleció sus lazos de unión con ellos.La compra de grandes extensiones de tierra, de títulos de nobleza y los matrimonios con la aristocracia fueron la práctica común de los burgueses, y nuevos lazos de unión se forjaron en negocios comunes. La alta burguesía financiera que empezaba a despegar en Euskadi o la burguesía industrial de Catalunya, adquirieron posiciones en el gobierno central, sustentando las formas antidemocráticas del viejo régimen que tan bien les servían para explotar sus negocios.La guerra mundial jugó un papel beneficioso para la burguesía española que se aprovechó del colapso económico en Europa, para abastecer los mercados internacionales. Pero la lluvia de oro que llenó los bolsillos de los capitalistas españoles no fue utilizada para mejorar la base tecnológica del aparato productivo, y desarrollar nuevas y mejores ramas de la producción. Esos inmensos beneficios fueron a sumar las cuentas corrientes abultadas y una parte importante de ellos se dedicaron a actividades especulativas y compra de tierras.El fin de la Guerra Mundial provocó graves dificultades en la economía, y un resurgimiento de la lucha de clases en todo el Estado.El desarrollo de nuevos centros y regiones industriales creó una nueva correlación de fuerzas, y favoreció la aparición de un proletariado joven y dinámico que pronto empezó a jugar un importante papel.La tensión social, el fortalecimiento de la clase obrera y de sus organizaciones, los acontecimientos internacionales y, por encima de todo, la revolución rusa que inspiró a millones de obreros, se combinaron para estallar en la huelga general revolucionaria del verano de 1917, que pese a ser derrotada puso de manifiesto el potencial revolucionario de la clase trabajadora.La caída sustancial de la tasa de ganancias producto de la pérdida de los mercados exteriores tras la recuperación económica de Europa, el auge de la lucha del proletariado, animado por los beneficios empresariales de la guerra y por la revolución rusa, empujaron a la burguesía a apoyar la salida militar de la Dictadura de Primo de Rivera.La dictadura intentó proteger los intereses de los grandes capitales burgueses, acentuando el proteccionismo, y estableciendo una reglamentación económica rígida y de altos aranceles.La dictadura aspiraba al establecimiento de un régimen corporativo, similar al existente en la Italia mussoliniana. Sin embargo, y a pesar de la colaboración que obtuvo del PSOE y la UGT, que llegó a participar en los comités paritarios compuestos por vocales patronales y obreros, y presididos por un delegado del gobierno, la dictadura tuvo que hacer frente a movimientos huelguísticos importantes, que tocaron sectores vitales de la producción.Finalmente Primo de Rivera se enfrentó a la crisis económica con apoyos muy debilitados. La burguesía no estaba dispuesta a dejarse arrastrar por un camino que no presagiaba nada bueno. La dictadura cayó sola, sin revolución. "Esta primera etapa", escribía Trotsky, "es el resultado de las dolencias de la vieja sociedad y no de las fuerzas revolucionarias de una sociedad nueva... El régimen de la dictadura que ya no se justificaba, a ojos de las clases burguesas, por la necesidad de aplastar de inmediato a las masas revolucionarias, representaba al mismo tiempo, un obstáculo para las necesidades de la burguesía en los terrenos económico, financiero, político y cultural. Pero la burguesía ha eludido la lucha hasta el final: ha permitido que la dictadura se pudriera y cayera como una fruta madura".La Monarquía, decisivamente comprometida con la dictadura, estaba herida de muerte. Para las masas su destino estaba ligado a la suerte de ésta. Alfonso XIII no era un personaje menos odiado que Primo de Rivera y a pesar de todo, la burguesía intentaba una y otra vez rescatar el papel de la Monarquía hasta que comprendió, por la fuerza de los hechos, que esto era imposible.

 

 

Hacia el 14 de Abril

 

El fin de la dictadura militar y la crisis del régimen no impidió que las altas finanzas, el gran capital empresarial y los grandes terratenientes siguieran intentando prolongar la vida de la monarquía. Sin embargo, se hacía evidente que el régimen desprestigiado era incapaz de contener el deseo de la población de liberarse de él.Como ocurre siempre en la Revolución, el movimiento empezó a expresarse con escisiones en las capas dirigentes. En las filas de la burguesía las divergencias sobre el rumbo de los acontecimientos crecía día a día. El refuerzo de los republicanos con líderes provenientes del campo monárquico, era una expresión evidente de esas divisiones.Este fenómeno no es nuevo. Durante la Revolución Rusa de febrero de 1917, muchos de los políticos más venales y comprometidos con el zarismo, observando el colapso del régimen y el empuje de las masas, no dudaron en abrazar el nuevo régimen republicano para salvar el pellejo y seguir manteniendo __o intentarlo__ el poder en sus manos.Así, los acontecimientos se fueron desarrollando con rapidez en beneficio del cambio de régimen.Berenguer, jefe del cuarto militar de Alfonso XIII, fue encargado de salvar la monarquía y de paso a la oligarquía. En el mes de febrero de 1930 el nuevo gobierno militar estaba conformado con representantes de la aristocracia, el clero y el ejército. Pero esta prolongación formal de la vida del régimen, no ocultó su crisis terminal. Para muchos burgueses era obvio que la garantía del orden social era un régimen en apariencia democrático, y esto no era una baza secundaria si se trataba de calmar a las masas y lograr cierta estabilidad política. Así viejos prohombres, granados en el servilismo a la monarquía y en la represión del movimiento obrero y campesino, mandaron la chaqueta monárquica al basurero y se pusieron la republicana. Gente como Miguel Maura, o el ex ministro monárquico Niceto Alcalá Zamora juraron su adhesión a la república. Otros muchos siguieron su camino.El gobierno de Berenguer, moviéndose en un terreno poco seguro, intentaba patéticamente gestos "conciliadores", procediendo a un indulto limitado, o anunciando su intención de convocar elecciones legislativas. Pero entre bastidores, el ejército, con el general Mola la cabeza, mantenía levantada la garrota desde la Dirección General de Seguridad.Para desgracia de la reacción, el movimiento de oposición que se nutría del descontento creciente de los obreros y afectaba por contagio a la pequeña burguesía y los estudiantes crecía día a día. A pesar de que las condiciones para organizar una lucha seria y consecuente contra la Monarquía por parte de las organizaciones obreras, especialmente el PSOE y la UGT, estaban maduras, las vacilaciones y la política colaboracionista de sus dirigentes, permitió a los líderes de la pequeña burguesía republicana hacerse con el protagonismo del momento y asumir la iniciativa.Los sindicatos de UGT y la CNT participaban en gran número de huelgas pero sus direcciones no tenían una visión clara de los acontecimientos.Los líderes anarcosindicalistas, imbuidos de prejuicios antipolíticos, actuaron de forma similar, en la práctica, a los líderes socialistas que difundían la colaboración con los republicanos. Para los teóricos del PSOE la tarea central del movimiento consistía en aupar al poder a las fuerzas republicanas para acabar con los vestigios de la sociedad feudal y liquidar políticamente la Monarquía, estableciendo un régimen parlamentario y constitucional. La cuestión del poder de las fábricas o la tierra quedaba en segundo término.Las ilusiones de los líderes socialistas en la revolución burguesa democrática eran tantas que la alianza con los partidos republicanos burgueses se profundizó. Así, la tarde del 17 de julio de 1930, en el Círculo Republicano de San Sebastián se dieron cita los principales dirigentes del republicanismo junto a Indalecio Prieto y Fernández de los Ríos en representación "oficiosa" del PSOE. El objetivo de la reunión era trazar un plan de acción para proclamar la República y constituir provisionalmente un gobierno que pudiese asumir el mando de la situación. Siguiendo la tradición de los pronunciamientos militares, el movimiento para los republicanos debería contar con la participación activa de los mandos militares afines a la causa "republicana".También se estableció un Comité Ejecutivo con Alcalá Zamora, Miguel Maura, Indalecio Prieto, Manuel Azaña, y otros para la organización de la acción.En cualquier caso el movimiento obrero, como ocurrió en numerosas ocasiones a lo largo de la historia cuando se trataba de acciones organizadas por la burguesía para luchar contra el poder monárquico, no pasaba de tener un papel auxiliar. Los líderes de UGT y PSOE, incluso de CNT se limitaron a obedecer las decisiones de ese Comité Ejecutivo sin proponer ninguna acción independiente.Aún así las huelgas generales crecían en cantidad y calidad, en Barcelona, San Sebastián, Galicia, Cádiz, Málaga, Gra-nada, Asturias, Vizcaya.Mientras en el mitin del 28 de octubre en la plaza de toros de las Ventas de Madrid, que congregó a una enorme multitud para escuchar a los líderes republicanos, Manuel Azaña defendió explícitamente, "una república burguesa y parlamentaria tan radical como los republicanos radicales podamos conseguir que sea". ¡Toda una declaración de principios !La crisis del gobierno era evidente y su autoridad hacía aguas. El movimiento obrero continuaba su combate particular en numerosas huelgas económicas que rápidamente adquirieron un contenido político militante contra la Monarquía. Las reivindicaciones democráticas tomaban enorme fuerza en las filas del proletariado que ansiaba un cambio de régimen político para que sus penosas condiciones de vida también cambiaran.El Comité Ejecutivo salido del Pacto de San Sebastián y transformado en el mes de octubre en Gobierno Provisional de la República, fijó la fecha del alzamiento contra la Monarquía para el 15 de diciembre. Sin embargo, la falta de determinación, de coordinación, la au-sencia de una ofensiva obrera en las ciudades, provocó que el plan fracasara después del levantamiento militar de Jaca.A pesar de todo, la podredumbre del Régimen era de tal magnitud que salvo la represión contra los militares alzados, que enconó y crispó aún más el ánimo de la población, fue incapaz de controlar la situación.En una búsqueda desesperada de una salida, Berenguer propuso a comienzos de 1931 la celebración de elecciones legislativas, pero su propuesta obtuvo el rechazo no sólo del movimiento obrero sino de los líderes republicanos y de los sectores más perspicaces de la burguesía que no estaban dispuestos a prolongar la agonía del régimen, corriendo el riesgo de una explosión por abajo.La "dictablanda" de Berenguer, como popular y correctamente se calificó su gobierno, entró en crisis definitiva . El Rey, acosado, intentó remontar la situación con un gobierno urdido por el Conde de Romanones, gran terrateniente y plutócrata. El nuevo gobierno presidido por el almirante Aznar sólo escribió el epitafio de la odiada Monarquía.La agitación estudiantil se extendió con continuas huelgas universitarias que eran reprimidas con dureza por la policía y la guardia civil mandadas por Mola. Otro tanto ocurría en el seno del movimiento obrero. La confraternización y la unidad de los obreros y los estudiantes en la calle reflejaba la enorme tensión revolucionaria que había alcanzado la situación.El Régimen se encontraba suspendido en el aire apoyado únicamente en el aparato represivo y enfrentado al movimiento de la clase trabajadora, de los estudiantes y de la pequeña burguesía urbana. Los sectores más inteligentes de la burguesía comprendían que el final de la monarquía era cuestión de muy poco.El gobierno acosado intentó ganar tiempo convocando para el 12 de abril elecciones municipales, con la esperanza de contener el movimiento de la oposición y lograr el apoyo de los sectores republicanos al establecimiento de una Monarquía Constitucional. Pero ya era tarde. Sin embargo, las ansias de acabar de una vez por todas con la monarquía, de alcanzar las libertades democráticas contagiaban a toda la sociedad. El pacto de un partido obrero como el PSOE con los republicanos no hacía más que estimular el mito de la República. Incluso la CNT afectada por esta situación, no pudo impedir que miles de militantes votaran a las candidaturas de la conjunción republicano-socialista.A pesar del fraude electoral y la intervención de los caciques monárquicos en las zonas rurales más atrasadas, el triunfo de las candidaturas republicano-socialistas fue masivo en las grandes ciudades.El delirio de las masas se desató en las principales capitales y ciudades del país, donde la República fue proclamada en los ayuntamientos. En Barcelona Luis Companys, elegido concejal, proclamó la República desde el balcón del Ayuntamiento. En Madrid, las masas se habían echado a las calles y el 14 de abril abarrotaron las arterias centrales de la ciudad. Miles de obreros venidos de todos los rincones llenaban la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, todo el centro de Madrid.Finalmente, el gobierno provisional republicano entró en la sede de Gobernación y a las ocho y media de la noche, Alcalá Zamora proclamó la República. Un cuarto de hora después, por la puerta trasera del Palacio Real que da al Campo del Moro, Alfonso XIII salía en automóvil, acompañado por el Duque de Miranda camino del destierro.La primera fase de la revolución española había culminado con la caída de la Monarquía. El nuevo régimen republicano tenía ante sí la tarea de transformar el país, crear una base democrática al débil capitalismo español y modernizar sus estructuras económicas.Sin embargo la burguesía española que tanto luchó por prolongar la vida de la monarquía, aceptó a regañadientes la llegada de la República, y desde el comienzo intentó transformar la situación en su propio beneficio.

 

 

La revolución por etapas

 

Los dirigentes del PSOE y la UGT que conformaban en 1931 las organizaciones obreras más importantes seguían al dictado las viejas fórmulas de la socialdemocracia en la revolución democrática.Para Indalecio Prieto, Besteiro e incluso Largo Caballero, la naturaleza del movimiento revolucionario que acabó con la monarquía era burguesa. La burguesía tendría la oportunidad de llevar a cabo las transformaciones democráticas que en Inglaterra, Francia o Alemania se habían llevado hacía mucho tiempo.La reforma agraria con la destrucción de la vieja propiedad terrateniente, herencia del legado feudal, y la creación de una clase de pequeños propietarios agrícolas, que fuese la espina dorsal del régimen en el campo. La separación de la Iglesia y el Estado, estableciendo el carácter laico y aconfesional de la República y terminando con el poder económico e ideológico del clero.El desarrollo de un capitalismo avanzado que pudiese competir en el mercado mundial, creando un tejido industrial diversificado y completado con una red de transportes avanzada.La resolución de la cuestión nacional, concediendo la autonomía necesaria a Catalunya, Euskadi y Galicia, para neutralizar las tendencias independentistas, integrando al nacionalismo en la tarea de la construcción de un estado moderno.La creación de un cuerpo jurídico que velara por las libertades democráticas, de reunión, expresión y organización, sin las cuales era imposible dar al régimen su apariencia democrática.Tales eran entre otras las tareas que según los dirigentes del movimiento socialista debía asumir la burguesía republicana. Las realizaciones socialistas sólo podrían acometerse después de la consolidación del régimen democrático. La revolución democrático burguesa antecedía a la revolución socialista, por eso el proletariado y su dirección debían permanecer como fiel aliado de la burguesía en su lucha por modernizar el país.El esquema de la revolución por etapas que constituía el enfoque teórico de los líderes socialistas españoles, no era más que una copia de la política del menchevismo ruso, o de los líderes de la socialdemocracia alemana, de los Ebert, los Schiedmann y Noske que aplastaron la revolución espartaquista de 1918.Y este mismo programa político que fue combatido a sangre y fuego por el bolchevismo ruso en octubre de 1917, fue después utilizado a fondo por el estalinismo para descarrilar definitivamente la revolución española.Con la proclamación de la república, las masas esperaban derechos democráticos reales, pero no solo eso. Las aspiraciones de millones de hombres y mujeres oprimidos y postrados durante decenios y que ahora habían intervenido directamente en los acontecimientos, no podían ser satisfechos sólo con discursos y declaraciones. La República, exigían los obreros y campesinos, debía suponer un cambio sustancial en sus vidas.Sin embargo, estos deseos de cambio chocaron una y otra vez con los intereses de clase de la burguesía: cualquier reforma, cualquier concesión mínima a las masas, afectaba a los intereses de la clase dominante, a sus beneficios y por tanto a su posición. La burguesía española estaba dispuesta a tolerar las formas democráticas sólo en la medida que sirviesen para defender sus intereses de una forma más eficaz y frenar el empuje de las masas. Si eso no se lograba y la democracia se convertía en un obstáculo, la burguesía no dudaría en encontrar otro camino para mantenerse en el poder. Pero, ¿quién constituía la clase dominante en el Estado español?Una leyenda política, inspirada por el estalinismo para justificar su papel en la Revolución, especialmente después del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, intenta establecer una diferenciación entre la gran burguesía ligada a la oligarquía financiera y los terratenientes, y una burguesía nacional democrática interesada en la modernización del país, pero una división de este tipo no encontraba una justificación material, ni histórica.La burguesía española se había formado sobre la base de un capitalismo débil, atrasado y dependiente de los monopolios extranjeros. Si queremos establecer alguna comparación, la burguesía española y la rusa compartían muchos rasgos: nunca fueron una clase revolucionaria.Sus tímidos intentos por jugar un papel independiente de las clases ligadas al antiguo régimen nobiliario, fracasaron rotundamente. La clase dominante española estaba integrada y formada por la burguesía comercial e industrial del norte y este español, la burguesía agraria y ganadera, y los terratenientes. Era una clase vinculada a la monarquía por intereses comunes. De hecho las representantes del capital financiero y de la industria siempre compartieron con los grandes propietarios de tierra el poder político en el gobierno monárquico.Este desarrollo de la burguesía como clase, se explica por el carácter desigual del capitalismo español que como en Rusia tuvo un carácter peculiar.Mientras en el campo, se localizaban millones de jornales y la gran propiedad terrateniente, herencia del pasado feudal, era dominante, existían auténticas concentraciones proletarias en Euskadi, Catalunya o Asturias.

 

 

Terratenientes y burgueses

 

El 70% de la población se encontraba en el medio rural, la mayoría en condiciones penosas, con hambrunas periódicas entre cosecha y cosecha. Dos tercios de la tierra estaban en manos de grandes y medianos propietarios. En la mitad sur el 75% de la población tenía el 4,7% de la tierra mientras el 2% poseía el 70%. Los que las explotaban, pues el 38% de la tierra cultivable permanecía sin cultivar, lo hacían con mano de obra jornalera, con sueldos de miseria de dos o tres pesetas diarias. En el mejor de los casos los jornaleros de Andalucía y Extremadura estaban en paro de 90 a 150 días al año(2).La posición de la agricultura en la economía nacional era decisiva. Aportaba el 50% de la renta nacional y constituía 2/3 de las exportaciones. Los métodos de explotación eran muy primitivos y la existencia de una gran población jornalera hacía que los terratenientes obviasen la introducción de maquinaria moderna.Las exportaciones agrícolas tuvieron un período de expansión entre 1914-1918, coincidiendo con la I Guerra Mundial, sin embargo, la situación se convirtió en su contrario al final de la guerra por la recuperación de las economías europeas, a lo que se sumó la competencia de las exportaciones agrícolas provenientes de Latinoamérica.La pequeña propiedad agraria de menos de 10 hectáreas de superficie, alcanzaba las 8.014.715 de hectáreas; las medias y grandes fincas de más de 100 hectáreas, ocupaban casi 10 millones de hectáreas. Incluso estos datos tomados del catastro de 1931 no pueden ocultar la realidad en el centro, sur y oeste de la península donde más de 2 millones de jornaleros malvivían en condiciones de extrema explotación.La burguesía no tenía intereses contrapuestos a los del terrateniente, por el hecho de que el burgués y el terrateniente en la mayoría de las ocasiones eran el mismo individuo. El Conde de Roma-nones, era uno de los grandes terratenientes de España, cuyas propiedades se extendían por Guadalajara y toda Castilla la Mancha, pero además era concesionario de la producción de mercurio, principal accionista de las minas del Rif, de Peñarroya, de los ferrocarriles, ligados a los capitales franceses, presidente de la SA de Fibras Artificiales. Como él, había centenares de individuos que poseían la mayoría de la riqueza del país.Esta era la composición de la clase dominante. ¿Dónde estaba la burguesía nacional progresista? Sencillamente no existía, algo que quedó claro en el levantamiento fascista del 18 de julio, armado, financiado y organizado por los capitalistas para defender su poder y su propiedad.El capital industrial y financiero estaba muy concentrado. Las grandes familias, no más de 100, poseían la parte fundamental de la propiedad agraria, industrial y bancaria. Por otra parte el capital extranjero había penetrado profundamente en la economía española y dominaba incluso sectores productivos y de las comunicaciones, de carácter estratégico para el desarrollo del país.

 

 

El clero y el ejército

 

La clase dominante contaba con el clero y el ejército, la espada espiritual y la real que tan buenos servicios jugaba en beneficio de la reacción.En 1931, según datos obtenidos de una encuesta elaborada por el gobierno componían el clero 35.000 sacerdotes, 36.569 frailes y 8.396 monjas que habitaban en 2.919 conventos y 763 monasterios. Pero estos datos eran en realidad muy incompletos puesto que 7 diócesis de las 55 existentes se negaron a elaborar la encuesta. Las cifras podrían rondar los 80.000-90.000 miembros del clero secular y regular en 1931. Sin embargo, el número de personas que se englobaba en la calificación profesional de "culto y clero" dentro del censo general de población de 1930 era de 136.181.El mantenimiento de este auténtico ejército de sotanas, consumía una parte muy importante de la plusvalía extraída a la clase obrera y a los jornaleros. El presupuesto de la Iglesia Católica ascendía en 1930 a 52 millones de pesetas, y sus miembros más destacados vivían en condiciones de lujo insultante. El Cardenal Segura tenía una renta anual de 40.000 pesetas; el de Madrid-Alcalá, 27.000; los obispos disponían de sueldos que oscilaban entre 20 y 22.000 pesetas al año. La Iglesia era un auténtico poder económico, y actuaba como tal en el mantenimiento del orden social.Según datos del Ministerio de Justicia de 1931, la Iglesia poseía 11.921 fincas rurales (era la primera terrateniente del país), 7.828 urbanas y 4.192 censos. El valor declarado de dichas fincas y bienes era de 76 millones de pesetas y su valor comprobado de 85 millones __pero los peritos encargados del catastro lo evaluaron en 129 millones__. A esto hay que añadir los patronatos eclesiásticos dependientes de la corona (cuyo capital representaba 667 millones), y los títulos de renta al 3% concedidos a la Iglesia como "compensación" por la desamortización del siglo anterior.Pero había más. En lo referido a las congregaciones religiosas, la única estadística hecha en 1931 que se refería tan sólo a la provincia de Madrid, dio un valor de 54 millones en fincas urbanas y 112 millones en las rurales.Quién puede dudar que la Iglesia representaba para millones de hombres y mujeres el poder que los condenaba a una existencia miserable. La furia de la población contra el poder eclesiástico, contra el terrateniente y el burgués tenía su plena justificación en estas cifras.El brazo armado de la burguesía, el Ejército, estaba formado por 198 generales, 16.926 jefes y oficiales, y 105.000 soldados de tropa.Los oficiales seleccionados cuidadosamente de los medios burgueses y monárquicos jugaban un papel protagonista en los acontecimientos políticos. "En el país del particularismo y del separatismo", escribía Trotsky, "el ejército ha adquirido, por la fuerza de las cosas, una importancia enorme como fuerza de centralización y se ha convertido, no sólo en el punto de apoyo de la monarquía, sino también en el conductor del descontento de todas las fracciones de la clase dominante y ante todo, de su propia clase: la oficialidad…"(3).Este era el cuadro de la burguesía española. Cabía pues preguntarse qué reforma de importancia en beneficio de una población sometida podía realizarse sin atacar el poder de los grandes empresarios, los terratenientes, la Iglesia o el Ejército. La respuesta la dieron los propios acontecimientos.La perspectiva de los dirigentes reformistas del PSOE y la UGT de que las tareas de "modernizar la sociedad", es decir, mejorar las condiciones de vida de las masas, estaban al margen de la lucha por el socialismo, resultaron falsas de principio a fin.La burguesía no podía acometer las tareas de la revolución democrática por la sencilla razón de que eso hubiese significado acabar con la estructura social, económica y política que era la fuente de sus ingresos, privilegios y poder. Las tareas de la revolución democrática sólo podían ser llevadas a cabo por la clase obrera en una lucha irreconciliable contra la burguesía. Pero para alcanzar y mantener esas reformas el proletariado tendría que llevar a cabo medidas socialistas: sin expropiar a los grandes terratenientes, a los grandes bancos y consorcios empresariales, a los monopolios extranjeros, y poner la economía bajo control de los trabajadores para su planificación democrática, era impensable esperar cambios substanciales. Las tareas democráticas y las socialistas se ligaban y se interrelacionaban, igual que en Rusia en 1917.Esta es la explicación del fracaso constante de la pequeña burguesía republicana y sus líderes políticos en su política reformista. Sin más programa que las libertades políticas, los republicanos no tenían ninguna intención de cambiar el orden social, ni la estructura económica. Toda la práctica posterior demostró de forma evidente que Azaña, Lerroux, Alcalá Zamora y todo el resto de dirigentes republicanos, temían más la acción independiente del proletariado y la revolución social que cualquier otra cosa. En todos y cada uno de los terrenos clave de la política y la economía capitularon ante las exigencias de la burguesía.

 

 

La política fracasada del gobierno Republicano-Socialista

 

Las elecciones a Cortes Constituyentes fueron convocadas el 28 de junio de 1931 y si bien tenía enormes fallos antidemocráticos: la mujer no votaba, el derecho al voto sólo lo podían ejercer los varones mayores de 23 años, los resultados electorales constataron un triunfo arrollador de las candidaturas republicano socialista. El despertar de las masas a la vida pública se tradujo en el terreno electoral con la ratificación de los dirigentes que les prometieron el cambio(4).La derecha se afianzó especialmente en las provincias agrarias de Castilla y Navarra; de hecho los tradicionalistas carlistas del norte establecieron, nada más proclamarse la República, sus planes de armamento dirigidos por el general Orgaz y el banquero Urquijo.El Gobierno de la Conjunción que contaba con la participación del PSOE, tenía ante sí una enorme responsabilidad, pero todos sus intentos reformistas se transformaron en escaramuzas parlamentarias. Incapaces de acabar con el poder de la burguesía, el freno decisivo a la modernización del país, se enfrentaron al movimiento de los trabajadores y especialmente a los jornaleros que no se conformaron con los debates parlamentarios: su sed de tierra no podía esperar.La agitación obrera en favor de la jornada de 8 horas, de incrementar salarios, de subsidio de paro y de reformas agrarias se extendió formidablemente. El 1º de Mayo puso de manifiesto esta nueva correlación de fuerzas. En Madrid más de 100.000 personas desfilaron encabezadas por los ministros y dirigentes socialistas.Una de las asignaturas pendientes y urgentes del nuevo gobierno era democratizar el ejército y depurarlo de elementos reaccionarios. La única forma de lograrlo era destituir a toda la casta de oficiales y sustituirlos por otros reclutados entre la tropa, y elegidos por los soldados. Las academias militares debían depurarse también a través del control por parte de los sindicatos obreros para garantizar la formación democrática de sus mandos.Al cabo de varios meses, Azaña no hizo nada por emprender la depuración del ejército, todo lo más se limitó a una "proposición de caballeros", favoreciendo el retiro de aquellos mandos que no querían jurar fidelidad a la República, pero con la garantía de que seguirían percibiendo la totalidad de su sueldo.Muchos oficiales aprovecharon la oportunidad para conseguir un retiro dorado, pero muchos otros, reaccionarios de la peor especie, estamparon su firma de servicio a la República y continuaron en sus puestos: "Un fiel colaborador del general Franco ha dicho refiriéndose a aquel momento: ‘muchos le preguntaban si debía solicitar el retiro. Franco les respondió: ¡No! Mucho más útiles a España seréis dentro del ejército’"(5).Pero por otro lado, el proyecto de Constitución que ratificaba el carácter burgués de la República, presentaba un escollo para la derecha más reaccionaria, el referido a la extinción del presupuesto de culto y clero, y el límite que se imponía a la Iglesia sobre su control omnipresente de la enseñanza. Este aspecto fue la señal que utilizaron reaccionarios "republicanos", como Alcalá Zamora, Presidente del Gobierno y Miguel Maura para dimitir.Hecho que no impidió que después de la ratificación de la Constitución en el parlamento el 9 de diciembre, fuese elegido como el primer Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora con 362 votos de un total de 410.

 

 

Reforma Agraria

 

El odio de las masas a los símbolos de su opresión quedó patente en la reacción que hubo durante las primeras semanas posteriores a la proclamación de la República con la quema de conventos.El gobierno republicano, que lanzó a la guardia civil contra los trabajadores anticlericales había reflexionado. Miguel Maura, el ministro de Gobernación, llamó a los jefes de la Guardia Civil para: "garantizarles que se habían acabado las claudicaciones de autoridad". Las huelgas generales se extendían: Pasajes, huelga minera en Asturias, en Málaga, Granada, en Telefónica (todas entre mayo y junio).Pero donde el gobierno republicano chocó con un obstáculo insalvable fue en la Reforma Agraria.Los jornaleros españoles tenían una gran tradición de luchas contra la propiedad terrateniente. Precisamente en esta cuestión, la burguesía española siempre había revelado su carácter contrarrevolucionario: nunca levantó la bandera de la Reforma Agraria de forma consecuente, y cuando los obreros agrícolas se lanzaban periódicamente a ocupar tierras, la burguesía lejos de encabezar las aspiraciones del campesinado contra el viejo latifundio, se unía a la nobleza y la Monarquía en la represión del movimiento jornalero.La explicación de esta actitud contrarrevolucionaria ya la hemos dado antes: terratenientes y burgueses eran lo mismo, tenían intereses comunes, privilegios comunes y compartían un mismo poder político.La sed de tierras del campesinado por el contrario no podía esperar, y las ocupaciones se sucedían. En Andalucía, Extremadura, Castilla-León, Rioja. Mu-chas de estas ocupaciones terminaron con una represión sangrienta.Mientras el gobierno debatía con lentitud exasperante el proyecto de reforma agraria en el Parlamento, la presión de los acontecimientos, y la sublevación de Sanjurjo en Sevilla, en agosto de 1932, aplastada por la huelga general de los obreros sevillanos, provocó la aceleración del debate y la promulgación final de un proyecto que no afectaba a la gran propiedad terrateniente.La ley establecía un Instituto de Reforma Agraria encargado de realizar el censo de tierras sujetas a expropiación, eso sí, mediante el pago de indemnización que tenía además por base la declaración hecha por sus propietarios.Los créditos para la Reforma Agraria procederían del Banco Agrario Nacional con un capital inicial de 50 millones de pesetas, pero cuya administración dependía no de los jornaleros ni sus organizaciones, sino de representantes del Banco de España, el Banco Hipotecario, del Cuerpo Superior Bancario, del Banco Exterior de España, es decir del gran capital financiero ligado a los terratenientes(6). La reforma agraria se dejaba en manos de los terratenientes y la banca. Así entendía el gobierno republicano burgués su política reformista.El proyecto además, obviaba el problema de los minifundios, que obligaban a una vida miserable a más de un millón y medio de familias campesinas en Castilla la Vieja, Galicia, y otras zonas. Tampoco abordaba el problema de los arrendamientos que esclavizaba a los pequeños campesinos a las tierras del amo.El fracaso más palpable de este proyecto es que en fecha del 31 de diciembre de 1933, el Instituto de Reforma Agraria, había distribuido 110.956 hectáreas. Si comparamos este dato con las 11.168 fincas de más de 250 hectáreas que ocupaban una extensión de más de 6.892.000 hectáreas se puede afirmar que los terratenientes seguían controlando el campo a su antojo.Sólo 100 nobles disponían de un total de 577.146 hectáreas, y esas propiedades, dos años después continuaban intactas(7).El proyecto de reforma agraria favoreció la hostilidad de los jornaleros frente al gobierno de la República. Las ocupaciones y la lucha contra el latifundio se extendió.Como ya hemos explicado, ante tal concentración de tierras en manos de terratenientes, la única reforma agraria posible pasaba por la expropiación forzosa de los latifundios sin indemnización, y para promover el desarrollo de la agricultura debía acometer también la expropiación de la banca para proveer de créditos sin interés a las explotaciones cooperativas campesinas cara a la modernización del utillaje y la producción.Nada de esto se hizo, y los jornaleros instintivamente buscaban en la acción directa la solución a sus problemas. La conciencia revolucionaria y colectivista era impulsada por el propio gobierno.

 

 

Los derechos democráticos

 

En otros terrenos la actitud del gobierno republicano-socialista pasó de sus proclamas reformistas a la ejecución de medidas contrarreformistas.Ante el incremento del número de huelgas y ocupaciones de fincas, el gobierno aprobó la ley de defensa de la República que entre otras lindezas planteaba la prohibición de difundir noticias que perturbaran el orden público y la buena reputación, denigrar las instituciones públicas, rehusar irracionalmente a trabajar y promover huelgas. Bajo el paraguas de esta ley, los mandos de la Guardia Civil, se emplearon a fondo en la represión, especialmente en el campo.En lo referido a la Iglesia si la constitución aseguraba formalmente la separación de la Iglesia y del Estado, lo que acabó con las subvenciones directas, el control del que siguió disfrutando sobre la educación le garantizó un buen nivel de ingresos. Aunque se acordó la expulsión de la Iglesia de los colegios en un "plan de larga duración" y la disolución en 1932 de la orden de los jesuitas, se les concedió todas las oportunidades para transferir la mayor parte de sus bienes a particulares y otras órdenes.En lo que se refiere a la cuestión nacional y las posesiones coloniales, el Gobierno de Conjunción concedió a Catalunya una autonomía muy restringida y para Euskadi se negó a conceder el estatuto de autonomía basándose en el carácter "reaccionario" del nacionalismo vasco.El gobierno republicano-socialista que no concedió el derecho de autodeterminación a las nacionalidades históricas, siguió gobernando las colonias como antes había hecho la Monarquía. En Marruecos su posición imperialista enfrentaba a la República al movimiento independentista.La pequeña burguesía republicana y sus aliados socialistas no fueron capaces de llevar a cabo ni una sola tarea de la revolución democrática. Capitularon ante el poder de la burguesía, el clero y el terrateniente y se enfrentaron precisamente con la clase que les había instalado en el gobierno: los trabajadores y los jornaleros.La polarización creciente se transformaba en continuos choques entre los huelguistas obreros y los jornaleros con la Guardia Civil.En este contexto la reacción agazapada ante los primeros empujes de las masas, empezó a levantar cabeza, primero con el intento de golpe de estado de Sanjurjo, después en el parlamento cuando los monárquicos y católicos se atrevieron a utilizar demagógicamente la represión contra los obreros y los campesinos, especialmente el asesinato de 20 jornaleros, por la Guardia Civil en Casas Viejas (Cádiz), para atacar al gobierno.El proletariado y sus organizacionesEl movimiento socialista, PSOE, UGT y Juventudes Socialistas, constituían el destacamento más importante de la clase obrera española.Los procesos generales en la sociedad se reflejaban constantemente en el partido. La frustración del proletariado y de miles de campesinos con la política diseñada por los dirigentes socialistas en el gobierno, alimentó el descontento. En octubre de 1932 durante la celebración del XIII Congreso del PSOE, se manifestó en el intento de romper la coalición gubernamental. La oposición sin embargo no era lo suficientemente clara y firme: necesitaba de acontecimientos.A pesar de todo, las líneas del enfrentamiento y los actores que lo protagonizaron se dibujaron en ese período; Largo Caballero empezó a emerger como el líder del ala de izquierdas, mientras que Besteiro y Prieto se consolidaron como los garantes de las posiciones reformistas en el partido y en el sindicato.El PSOE contaba con unos 80.000 afiliados y la UGT con más de un millón, de los que 400.000 pertenecían a la FTT.En el anarquismo, la CNT superaba el millón doscientos mil afiliados, y su política de hostilidad hacia el gobierno de coalición, se desarrolló inmediatamente. La agitación campesina y el enfrentamiento permanente con el gobierno republicano alimentaron las tendencias hacia el apoliticismo, dando alas a los sectores faístas que defendían la acción directa más radical.

 

 

El desarrollo del Partido Comunista

 

La Revolución Rusa de Octubre tuvo una influencia extraordinaria en las filas de la clase obrera y del campesinado del Estado español. Al igual que en toda Europa, la formación del primer estado obrero de la historia, animó la lucha de los trabajadores y sacudió a sus organizaciones posicionándolas inmediatamente ante los acontecimientos rusos.En la CNT surgieron corrientes de apoyo que se concretaron con la adhesión temporal de la central anarcosindicalista a la III Internacional. Pero fue precisamente en las filas del PSOE donde el apoyo a la Revolución de Octubre y al programa del marxismo revolucionario levantado por el bolchevismo, fue mayor.El PCE surgió de las filas del movimiento socialista, PSOE y JJSS, en un proceso similar al de otros partidos comunistas de Europa.Los obreros y los jóvenes socialistas más avanzados contemplaban cómo to-das las ideas por las que habían luchado, ellos y la generación anterior, triunfaban en Rusia gracias a la dirección del bolchevismo. Esto supuso una atracción colosal para ellos. Las corrientes procomunistas agruparon a la flor y nata de los militantes del movimiento socialista. A pesar de todas las dificultades, pronto se desarrollaron las bases que darían lugar al Partido Comunista.De manera tortuosa después de dos escisiones que dieron lugar primero, al Partido Comunista Español y más tarde al Partido Comunista Obrero Español, el movimiento procomunista se unificó definitivamente el 15 de marzo de 1922(8).El desarrollo del PCE está íntimamente vinculado a la vida de la III Internacional, surgida en 1919 como el instrumento de la revolución internacional.El PCE, a pesar de no rebasar en militancia al PSOE, contó con un apoyo considerable en zonas industriales claves como Vizcaya, Asturias y áreas jornaleras de Andalucía, en la provincia de Córdoba y Sevilla.Todas las condiciones para el crecimiento del Partido Comunista eran favorables. Sin embargo, su desarrollo y fortalecimiento se vio obstaculizado por la escasez de cuadros preparados y especialmente por las consecuencias de la política de la III Internacional estalinizada.Bajo la dictadura de Primo de Rivera el PCE recibió los golpes de la represión que mermarían constantemente su dirección y su capacidad de acción. En aquel momento el aislamiento del partido, obligado a la actividad clandestina, contrastaba con la permisibilidad de la que gozaba el PSOE, obtenida a costa de las concesiones realizadas a la dictadura. En cualquier caso el desarrollo del PCE sólo podía provenir de una intervención paciente en los acontecimientos, orientando su acción especialmente a la base del movimiento socialista, de donde debía y podía reclutar los mejores obreros que se encontraban bajo la influencia de los dirigentes reformistas del PSOE. La formación de cuadros, la conquista de posiciones en el movimiento sindical, la defensa del Frente Único contra la dictadura, tenían que ser las tareas centrales del partido. Esta es precisamente la orientación que Lenin aconsejaba a los jóvenes Partidos Comunistas de la III Internacional.

 

 

La III Internacional

 

La muerte de Lenin en 1924, y el aislamiento del Estado obrero ruso, tras el fracaso de la Revolución Alemana en 1919 y 1923, la Guerra Civil que acabó con las energía y la vida de miles de los mejores comunistas rusos en los frentes de batalla, la desmovilización de cinco millones de hombres del ejército rojo; todos estos elementos unidos al atraso material y el empobrecimiento de las industrias y la agricultura soviética, crearon las condiciones materiales para el surgimiento de una casta burocrática en el seno del partido y la III Internacional.Engels escribió en el Anti-Dühring: "…cuando desaparezcan al mismo tiempo el dominio de las clases y la lucha por la existencia individual engendrada por la anarquía actual de la producción, los choques y los excesos que nacen de esa lucha, ya no habrá nada que reprimir y la necesidad de una fuerza especial de represión no se hará sentir en el Estado…".Sin embargo, en la Rusia Soviética de 1924, la lucha por la existencia individual era todavía una penosa realidad. La nacionalización de los medios de producción no suprimió automáticamente la lucha por la existencia individual. En aquellas condiciones el Estado obrero en Rusia no podía conceder todavía a cada uno lo necesario y se veía obligado a incitar a todo el mundo a que se produjese lo más posible. Después de un período de sacrificios colosales, de esperanzas e ilusiones en el triunfo revolucionario europeo, el péndulo giró, y el reflejo de la actividad de la clase obrera rusa, el agotamiento de sus fuerzas, favoreció la conformación de un aparato burocrático: "la joven burocracia formada primitivamente para servir al proletariado, se sintió el árbitro entre las clases y adquirió una autonomía creciente". (León Trotsky, La Revolución Traicionada).Una nueva generación de militantes se unió a otra más vieja que soportaba las presiones del atraso social. Las filas del Partido Comunista Ruso nutrían la de los funcionarios que fueron despegándose de forma creciente de las masas y apoyadas en su posición se aprovechaban de las escasas ventajas materiales. Las dificultades externas e internas alimentaban este proceso, donde la confianza en la victoria revolucionaria iba sustituyéndose por la adaptación a la nueva situación. La naciente burocracia pronto cristalizó su programa político.

 

 

El socialismo en un solo país

 

"Mientras nuestra república soviética siga siendo una isla en el conjunto del mundo capitalista, sería una fantasía, una utopía ridícula, pensar en nuestra total independencia económica y en la desaparición de todo el peligro". (Lenin, Discurso en la reunión de secretarios de cédula en Moscú).Así se expresaba Lenin en 1918, y añadía: "ustedes saben bien, hasta qué punto el capital es una fuerza internacional, hasta qué punto las fábricas, las empresas y los comercios capitalistas más superpotentes están vinculados entre sí en todo el mundo, y por consiguiente, por qué es imposible batir al capitalismo en una sola parte. Se trata de una fuerza internacional, y para batirla definitivamente es necesaria la acción común de los obreros a escala internacional. Y desde que combatimos contra los gobiernos republicanos burgueses en Rusia en 1917, desde que conquistamos el poder de los soviets en noviembre de 1917, nunca dejamos de mostrar a los obreros que la tarea esencial, la condición fundamental de nuestra victoria residía en la extensión de la Revolución cuando menos en algunos países avanzados" (Lenin, Discurso en el VIII Congreso de los soviets de Rusia, el subrayado es nuestro).La posición internacionalista de Lenin, no podía ser mas tajante. Lenin y los bolcheviques, nunca albergaron la mínima ilusión en la construcción nacional del socialismo. Su posición internacionalista partía precisamente de una consideración del capitalismo como sistema mundial. Pero esta posición internacional de la revolución, fue sustituida por Stalin y otros dirigentes, por la política estrecha, nacionalista y antimarxista del "socialismo en un solo país", que se adaptaba perfectamente como cobertura ideológica a las necesidades materiales de la naciente burocracia."¿Qué significa la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país? Significa la posibilidad de resolver las contradicciones entre el proletariado y el campesino con las fuerzas internas de nuestro país, contando con las simpatías y el apoyo de los proletariados de los demás países, pero sin que previamente triunfe la revolución proletaria en otros países". (Stalin, Cuestiones del leninismo).La posición de Stalin negaba todas las ideas, toda la política defendida por Lenin, Trotsky y otros viejos dirigentes comunistas, pero se adaptaba, servía perfectamente a los intereses burocráticos de la nueva casta de funcionarios. Con la nueva teoría, ya no se trata de apoyar a la clase obrera mundial, de estimular la acción revolucionaria de los obreros europeos, americanos o de cualquier rincón del planeta. El objetivo, por el contrario, es no molestar, no interferir en la "construcción burocrática" del socialismo en Rusia.El dominio de la burocracia estalinista dentro del partido no fue inmediato. Fortalecidos por el fracaso revolucionario en occidente, apoyados en el reflujo de las masas rusas sometidas a condiciones extremas, Stalin y la burocracia libraron una lucha intensa por separar, expulsar, y más tarde aniquilar a cientos de miles de comunistas que se oponían firmemente al nuevo rumbo político. Stalin libró una "guerra civil unilateral" contra el sector leninista del partido. Todos los viejos camaradas de armas de Lenin fueron depurados, encarcelados y, la mayor parte, fusilados. En 1939, del viejo Comité Central del Partido Bolchevique que protagonizó la revolución de Octubre, sólo tres permanecían vivos: Stalin, Kollontai y Trotsky; éste último sería asesinado el 20 de agosto de 1940 por Ramón Mercader, miembro de la policía política estalinista (GPU).Esta depuración se extendió al conjunto de la Internacional Comunista, que se trasformó, hasta su liquidación final en 1943, en una sucursal de la política y los intereses inmediatos de la burocracia rusa.La política de Stalin, caracterizada por continuos zigzags en los que se pasaba de la posición más ultraizquierdistas a la colaboración de clases, y la política reformista más extrema, respondía a las necesidades de mantener los privilegios materiales, los ingresos y el prestigio de la casta burocrática y evitar como luego analizaremos, el triunfo de la revolución socialista, que podía inspirar a los obreros rusos y amenazar el poder burocrático.El proceso de degeneración política del Partido Comunista Ruso, se manifestó de inmediato en la III Internacional y en sus secciones nacionales. Obvia-mente el Partido Comunista Español no fue una excepción.Tras el V Congreso de la IC celebrado del 17 de junio al 8 de julio de 1924, y especialmente el VI Congreso de 1928, los nuevos dirigentes de la Internacional abandonarían las posiciones anteriores elaboradas por Lenin sobre el frente único, y apoyándose en el fracaso de la insurrección revolucionaria de octubre de 1923 en Alemania, establecieron un giro ultraizquierdista a su política.En el contexto de estabilización temporal del capitalismo en Europa y de ascenso del fascismo, los dirigentes de la IC elaboraron la famosa doctrina del socialfascismo: "El fascismo y la socialdemocracia son dos aspectos de un solo y mismo instrumento de la dictadura del gran capital".Los militantes comunistas habían resistido abnegadamente la represión de la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, todos sus sacrificios, los encarcelamientos sufridos, el exilio de muchos cuadros, eran malogrados por las consecuencias de la postura ultraizquierdista de la Internacional Comunista. Esto explica que hacia 1925 el PCE no contara con más de 300 militantes.Aunque en 1927 el PCE aumentó sensiblemente sus efectivos con el ingreso colectivo de la mayor parte de la CNT sevillana, con gran implantación entre la clase obrera de la provincia, la incomprensión política del movimiento popular que se estaba destacando contra la monarquía, la política ultraizquierdista del socialfascismo, la postura escisionista de los dirigentes del PCE en la UGT y la CNT, con la construcción de los Sindicatos Rojos, les conducía inevitablemente a su separación de las masas. La desorientación que sufría la dirección del PCE respecto a la naturaleza de los acontecimientos tuvo su expresión más acabada durante las jornadas que culminaron en la proclamación de la República.Cuando los trabajadores, por fin, habían logrado acabar con la monarquía y la conquista de los derechos democráticos despertaba grandes ilusiones entre las masas populares, los dirigentes de la IC consideraban la llegada de la República como un hecho sin apenas significado, impulsando a los dirigentes del PCE a lanzarse a la agitación pública contra la República y a favor de los Soviets. Esta política separó a los militantes comunistas de la masa de la clase trabajadora.

 

 

Europa en crisis

 

El final de la primera guerra imperialista (1914-1918), no sólo abrió un período revolucionario en el continente europeo, también significó un nuevo reparto del mundo, el surgimiento de nuevas aspiraciones imperialistas y más opresión para los pueblos del viejo continente y las colonias.El Tratado de Versalles que establecía las condiciones en que Alemania tenía que pagar las reparaciones económicas a las potencias vencedoras, fue un nuevo ejercicio de saqueo de los imperialistas franceses, británicos y americanos: más de 6.000 millones de libras esterlinas, que tendrían que salir del duro trabajo de los obreros y campesinos alemanes.A pesar de todo, la paz imperialista de Versalles no resolvió ninguno de los problemas fundamentales del capitalismo mundial.Aunque la burguesía europea se apoyó en la masiva destrucción de fuerzas productivas provocadas por la guerra y el fracaso revolucionario europeo después de octubre para desarrollar la economía y revitalizar temporalmente la situación, todas las contradicciones de la sociedad rebrotaron rápidamente. La recuperación económica de 1925-1929, presentaba elementos de mucha incertidumbre. El crecimiento de la producción europea hasta 1925 mantuvo un ritmo regular, pero no aumentó en relación a los niveles de la preguerra. Europa se encontró pronto en una situación de debilidad creciente en el mercado mundial frente a EEUU y Japón, desarrollaron una potente industria de bienes de equipo y consumo con tasas de productividad muy elevadas. En 1929, EEUU exportaba tres veces más automóviles particulares y vehículos comerciales que Gran Bretaña, Francia, Alemania o Italia juntos. Ese mismo año las exportaciones de maquinaria americana eran dos veces y media superiores a las de 1913.La lucha por el mercado mundial se agudizó forzando los enfrentamientos interimperialistas. Como en la actualidad, el problema surgía del obstáculo que para el desarrollo de las fuerzas productivas, suponía la propiedad privada de los medios de producción y la camisa de fuerza del Estado nacional.Los capitalistas franceses e ingleses, intentaban superar las limitaciones del mercado mundial, explotando con dureza a sus colonias africanas y asiáticas, y exigiendo a Alemania hasta el último marco de las indemnizaciones fijadas en Versalles. Sin embargo, todo esto era insuficiente para competir frente a EEUU y Japón.En 1929 los mercados estaban saturados por una enorme producción que no encontraba salida. A la crisis de sobreproducción se sumó otro fenómeno característico del capitalismo imperialista: el dominio del capital financiero sobre la economía real. En EEUU la especulación no dejaba de aumentar a un ritmo muy superior al de la producción industrial y agrícola, donde gracias al crédito, la economía americana, como Marx explicó, traspasó sus límites naturales. Cuando se produjo la recesión de la economía real norteamericana como consecuencia de la sobreproducción mundial, provocó una auténtica explosión del entramado bursátil. Entre septiembre y octubre de 1929 cerca de 30 millones de acciones afluyeron al mercado a bajo precio; en pocos días las cotizaciones perdieron 43 puntos, acabando con las ganancias de todo el año. Todo el sistema bancario se hundió arrastrando a la producción: en 1929 quebraron 542 bancos, en 1930, 1.354 y en 1931, 2.298. Para hacer frente a la situación, los bancos norteamericanos repatriaron capitales de Europa, provocando el colapso del sistema crediticio en Austria y Alemania, que dependían de esos capitales. Toda la economía europea se vio violentamente sacudida.La producción industrial de las potencias capitalistas se desplomó: en 1932 era un 38% menos que en 1929. Entre 1919 y 1932 los precios de las materias primas en el mercado mundial descendieron más de la mitad. En 1932 el comercio mundial de productos manufacturados era sólo un 60% del de 1929.Frente al colapso económico, las burguesías nacionales reaccionaron reduciendo drásticamente los créditos al exterior, con medidas proteccionistas y devaluaciones competitivas de las monedas para favorecer las exportaciones en una lucha sin cuartel por los mercados exteriores. Pero estas medidas profundizaron aún más la crisis abriendo un nuevo período de paro masivo, inflación y empobrecimiento del campo que agudizó la lucha de clases.

 

 

El avance del fascismo

 

Los años 30 constituyeron un período de lucha revolucionaria de la clase obrera, cuando país tras país, el capitalismo se tambaleó por el movimiento decidido de los trabajadores.Sin embargo, las aspiraciones socialistas del proletariado europeo no encontraron su medida en las direcciones socialdemócratas y estalinistas.En Alemania la situación económica era desesperada. Al saqueo al que fue sometida por las potencias vencedoras de la I Guerra Mundial, se unió los efectos de la depresión económica. El paro aumentó de manera explosiva, __en 1933 se alcanzaban los 7 millones de desempleados__; se desató la hiperinflación, el campesinado se arruinaba…En estas condiciones, la profundidad de la crisis decidió a los capitalistas a rechazar cualquier reivindicación económica de los trabajadores, en la medida que amenazaba su tasa de beneficios. La lucha por la apropiación de la plusvalía, por el máximo beneficio, entraba en contradicción para los capitalistas alemanes con el respeto a las conquistas del proletariado, incluidas las libertades democráticas.En el terreno político, el régimen parlamentario de la República de Weimar se resquebrajaba, pero las organizaciones obreras, el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), y el KPD (Partido Comunista), que contaban con una enorme fuerza carecían de un programa y una orientación marxista.La dirección socialdemócrata, principal sustento del régimen burgués, no podía frenar al movimiento obrero, ni resolver la profunda crisis social. Esto daba enormes oportunidades al KPD.Pero el Partido Comunista Alemán, también sufrió las consecuencias de la degeneración burocrática de la URSS y la estalinización de la IC, que en su VI Congreso de 1928, ratificó la política ultraizquierdista del "socialfascismo". Los dirigentes del KPD bajo la dirección de Stalin, se negaron a realizar una política de frente único para frenar el avance del nazismo; renunciaron a combatir al partido nazi con los métodos de la Revolución Socialista, y su política sectaria centrada en ataques permanentes a la socialdemocracia, que todavía contaba con el apoyo de millones de obreros honestos, confundió a la clase trabajadora, y fortaleció la influencia de los líderes socialdemócratas. Los dirigentes estalinistas fueron incapaces de orientarse en los acontecimientos porque no comprendían la auténtica naturaleza del fascismo.

 

 

Una amenaza para el movimiento obrero

 

La posición del estalinismo ante el fascismo fue cambiando según se desarrollaron los acontecimientos. Para los dirigentes oficiales de la IC en 1928, fascismo y socialdemocracia eran las dos caras de la dictadura del capital. En 1935, tras el abandono de la política del socialfascismo y la definición de la nueva táctica frente populista, el fascismo que era una forma particular de reacción de un sector de la burguesía imperialista, podía ser combatido por el acuerdo de las "fuerzas democráticas", de todas las clases sociales interesadas en frenar a este sector de la burguesía y defender la "democracia".En una pirueta de 180 grados, los estalinistas sustituyeron la táctica del socialfascismo por la colaboración de clases con la burguesía "democrática" para frenar y combatir al fascismo.Si adoptamos un punto de vista marxista, el fascismo en esencia era la respuesta política del capital industrial y financiero europeo, ante el peligro de la revolución y el colapso de la sociedad burguesa.Ninguna clase dominante abandona la escena de la historia voluntariamente, sin una lucha intensa. La burguesía europea era consciente de que las formas democráticas (la democracia parlamentaria) suponían un modo de dominación más eficaz, más aceptable para las masas que otras donde el carácter de clase de la dominación se hacía más evidente. Mientras las "libertades democráticas" no entren en contradicción con la propiedad burguesa de los bancos, la industria y la tierra pueden ser perfectamente toleradas.En la práctica la ficción "democrática" juega un papel especialmente útil para la dominación de la burguesía sobre la sociedad. La situación se transforma en su contrario cuando la sociedad burguesa entra en crisis debido a las contradicciones insalvables del capitalismo. Las formas democráticas son un obstáculo para los burgueses en su lucha permanente por el máximo beneficio. Tolerar sindicatos, partidos obreros, huelgas, manifestaciones, es decir, los elementos del poder obrero en la sociedad capitalista, se vuelve una carga insoportable.Esta y no otra era la situación de Europa y en concreto de Alemania. En medio de la crisis económica y la polarización social creciente, la pequeña burguesía alemana que podía ser ganada para la causa del proletariado si sus organizaciones hubieran defendido un programa revolucionario, giró violentamente a la derecha. En una sociedad en descomposición, los nazis consiguieron una influencia decisiva entre las masas pequeño-burguesas, sectores atrasados de la clase obrera y entre las legiones del lumpemproletariado que poblaban las ciudades.En 1932, el Partido Nazi superó los 13 millones de votos, pero entre el KPD y el SPD sumaban igual cifra. Este hecho es la mejor prueba de que el apoyo de millones en las urnas, no valen mucho si en el momento decisivo no se cuenta con una política revolucionaria."…El régimen fascista ve llegar su turno porque los medios ‘normales’ militares y policiales de la dictadura burguesa, con su cobertura parlamentaria, no son suficientes para mantener a la sociedad en equilibrio. A través de los agentes del fascismo, el capital pone en movimiento a las masas de la pequeña burguesía irritada y a las bandas del lumpemproletariado desclasadas y desmoralizadas, a todos esos innumerables seres humanos, a los que el capital financiero a empujado a la rabia, a la desesperación. La burguesía exige al fascismo un trabajo completo: puesto que ha aceptado los métodos de la guerra civil, quiere lograr calma para varios años… la victoria del fascismo conduce a que el capital financiero coja directamente en sus tenazas de acero todos los órganos e instrumentos de dominación, dirección y de educación: el aparato del Estado con el ejército, los municipios, las escuelas, las universidades, la prensa, las organizaciones sindicales, las cooperativas… demanda sobre cualquier otra cosa, el aplastamiento de las organizaciones obreras… (León Trotsky, La lucha contra el fascismo en Alemania).La burguesía alemana empujada por la revolución se desprendía de las viejas formas parlamentarias y "democráticas" para volcar todo su apoyo a los nazis. En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller sin que hubiera ninguna respuesta del SPD o del KPD. Mientras que los primeros aceptaban la victoria de Hitler porque se había logrado "democráticamente", los líderes estalinistas pregonaban que después de Hitler les tocaría el turno a ellos. No hubo ninguna respuesta armada del proletariado, a pesar de que el SPD y el KPD, contaban con milicias que encuadraban a medio millón de obreros. Los dirigentes paralizaron políticamente al proletariado alemán, el más fuerte de Europa.Pronto, los nazis completaron el trabajo, aplastando las organizaciones obreras que fueron ilegalizadas y reprimidas ferozmente. La derrota del proletariado alemán no fue la última. Después vendría la de los obreros austríacos en 1934.A pesar de la tragedia alemana y austríaca, la obra contrarrevolucionaria de la burguesía se encontró con un obstáculo colosal: la revolución de los obreros españoles, que respondieron con las armas en la mano al avance del fascismo.


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     · Girona 657 212 367
     · Tarragona 690 678 143
EUSKAL HERRIA
     · Álava 945 231 202
     · Guipúzcoa 685 720 939
     · Pamplona 659 119 174
     · Vizcaya 944 790 381
GALICIA
     · Coruña 600 810 516
     · Ferrol 626 746 950
     · Santiago 636 217 248
    · Vigo 635 630 229
MADRID 914 280 248
MALLORCA 686 653 346
PAÍS VALENCIÀ 963 600 219